sábado, 17 de mayo de 2008

Energías...¿limpias?

Cuando hablamos de biodiesel o bioetanol, solemos tomar a este tipo de combustibles como energías ecológicas y sin impacto sobre el ambiente, cuando en realidad ese tipo de afirmaciones esconden un error implícito, ya que los biocombustibles no son energías limpias. Es necesario aclarar que una energía limpia es aquella que no libera elementos residuales al ambiente, como podrían ser, la solar o la eólica, entre las más desarrolladas actualmente.

Hecha la anterior aclaración, podemos avanzar en el análisis de las distintas influencias que el desarrollo y producción de biocombustibles puede ocasionar a nivel ambiental en nuestro país, sobre todo teniendo en cuenta anteriores experiencias derivadas de los cultivos intensivos, y en particular de los monocultivos.

1- La principal fuente de aceites vegetales en nuestro país se deriva de la producción de soja y ante la posibilidad de un futuro crecimiento de su demanda, se profundizaría el sobrecultivo de la misma, en desmedro de otro tipo de producciones que limitarían la diversidad de producción alimentaria, ya que el aumento en el precio de la soja producirían desequilibrios en la cría de ganado, producción láctea, menores espacios de siembra para hortalizas y otros cereales, con el consiguiente aumento de precios para los alimentos.

2- La historia demuestra que los monocultivos terminaron por destruir la biodiversidad de distintas regiones del mundo, con importantes impactos en las condiciones de vida de sus poblaciones, entre las que podemos mencionar a Cuba, Irlanda, Panamá, Vietnam, entre otras. Y en nuestro país, tanto Chaco como Tucumán mostraron similares resultados.

3- Las pestes propias de las especies cultivadas de manera intensiva, terminan generado mayor resistencia a los sistemas de control, por lo que las plagas aumentan el costo de producción y la agresividad de los químicos que impiden su desarrollo.

4- Los monocultivos han generado a lo largo de la historia grandes impactos poblacionales, debido a la especialización de la producción que termina por causar una menor necesidad de mano de obra, agregando a ello, que los establecimientos crecen en tamaño desplazando a los pequeños productores a zonas urbanas con alto nivel de hacinamiento.

Para comprender el impacto que se viene dando en nuestro país desde mediados de la década de 1970, la producción de soja se expandió hasta llegar al actual 53% del área cultivada, llegando a las 38,3 millones de toneladas en la campaña 2004/05, con 14,4 millones de hectáreas cultivadas y 2,73 tn/ha de rendimiento promedio nacional (SAGPyA, 2006).

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